Palabras de Vida

Pastor Alejandro Aguirre

 

Pequeña y silenciosa voz

 

"Hubo silencio, y oí una voz acallada." (Job 4:16.)
Hace unos veinte años, uno de mis amigos puso en mi mano un libro titulado Paz Verdadera. Era un antiguo mensaje medioeval, y no contenía sino un solo pensamiento; que Dios estaba esperando en los más profundo de mi ser, para hablarme, si yo solamente permanecía lo suficiente callado para oír Su voz. Yo creí que esto sería una cosa muy fácil, y empecé a guardar silencio. Pero no había hecho nada más que comenzar, cuando un perfecto alboroto de voces llegaron a mis oídos, un millar de notas clamorosas por dentro y por fuera, hasta que no podía oír otra cosa sino un ruido violento y ensordecedor.
Algunas eran mis mismas voces, mis propias preguntas, mis mismas oraciones. Otras eran las sugestiones del tentador y la voces del inquieto mundo.
Por todas las direcciones era tirado, empujado y saludado con aclamaciones ruidosas y una inquietud inexplicable. Creía que era necesario que escuchase a algunas de estas voces y que las contestase, pero Dios dijo: "Cállate, y conoce que soy Dios."
Entonces vino un conflicto de pensamientos acerca del mañana y sus deberes y necesidades; pero Dios dijo: "Cállate”.
Y cuando empecé a escuchar y aprendí despacio a obedecer y cerré mis oídos a todos los sonidos, me di cuenta al poco tiempo, que cuando las otras voces cesaron, o yo cesé de oírlas, había en lo más íntimo de mi ser una voz pequeña y silenciosa que empezó a hablarme con una ternura, con un poder y con un  aliento que no es posible describir.
Cuando estaba escuchando, la voz de la oración se convirtió para mí en la voz de la sabiduría, la voz del deber, y no tuve necesidad de pensar tanto, orar tanto o confiar tan agudamente; pero aquella "pequeña y silenciosa voz" del Santo Espíritu en mi corazón, era la oración de Dios en secreto en mi alma. Era la respuesta de Dios a todas mis preguntas, era la vida y  fortaleza de Dios para el alma y cuerpo y se convirtió en la substancia de todo conocimiento, de toda oración y toda bendición; porque era el mismo Dios vivo, mi vida, mi todo.
Es así como nuestro espíritu bebe en la vida de nuestro Señor resucitado, y se lanza en medio de los conflictos y deberes de la vida, como la flor que a través de las sombras de la noche ha bebido las frescas y cristalinas gotas de rocío. Pero así como el rocío no desciende jamás en una noche tormentosa, así el rocío de Su gracia nunca desciende a las almas inquietas.