SOS COSTA GRANDE

(Misael Tamayo Hernández, in memóriam)

 

El proceso de renovación del PRI avanza erráticamente. Habiéndose descartado la elección interna, como lo marcaban los estatutos, y luego de que los grupos de poder determinaron dejar enfriar el enojo por la derrota del 1 de julio, para evitar que las bases tomaran decisiones al calor de la indignación que les causó el haber visto a su partido caer de bruces por el peso de sus errores (parece que olvidan que la venganza es un plato que se come frío), el ex partidazo gastará un año en sus deliberaciones internas, pasando por las reuniones regionales que no sirven para maldita cosa, salvo como catarsis para que los priístas desfoguen sus frustraciones.
Algunas ya se han realizado en Guerrero y el tono es el mismo: que no cambie el partido, sino los líderes. Que se dé paso a nuevos rostros. Que se elimine el patrimonialismo sobre los cargos, porque ahora se estila que los viejos hereden a sus hijos sus herencias políticas, forzando liderazgos como lo hemos visto en los últimos tiempos, que no conformes con estar ellos en el poder, aprovechando la apertura para mujeres también incrustaron a sus esposas, y luego a sus hijos, haciendo de los espacios de decisiones y representación social cotos familiares.
De verdad que es lamentable esta crisis de valores partidistas, porque no únicamente lo vemos en el PRI, sino que es una contaminación que se observa en todos los partidos, como un germen de la antidemocracia que priva en nuestra democracia.
Volteemos a ver a PRI, PRD, PAN, VERDE, MC…y veremos repetirse este engendro político. Y si sucede en los partidos grandes, con mayor razón se hace en los partidos chicos. Por ejemplo, el MC es propiedad de Luis Walton y uno que otro de sus allegados. El PAN de un grupúsculo que una vez se dividió y hoy pelean a punta de bala las dirigencias. Vamos, ni siquiera ahora que jugaron en alianza con el PRD y el MC, lograron algo.
Y de los niños verdes, ni hablar, siempre vemos a los mismos en el Congreso local, a donde llegan vía diputaciones plurinominales, salvo en esta ocasión que ganaron espacios pero fue usando la plataforma del PRI, incapaces de ganar uno solo de los comicios planteados por sus propios méritos.
En cuanto a los priístas, no tienen remedio, como tampoco lo tienen los del PRD. Los estatutos de ambos partidos marca que se debe convocar a elecciones internas (en el caso del PRD esto debió suceder desde el año pasado), pero en los dos institutos los grupos de poder están tratando no sólo de controlar una cacería de brujas –que las bases los lleven al cadalso y los despachen a sus casas-, sino que sobre todo buscan no perder el control del partido, y para eso recurren al factor tiempo.
Mientras más transcurren los meses después de la elección del 1 de julio, y más se acerca el siguiente proceso electoral, los equipos tienen a reagruparse, olvidar agravios y, como es su estilo, decir que están “echados para adelante”.
Por eso las reuniones regionales que está encabezando José Parcero, para que los agraviados saquen de su ronco pecho todo su dolor, y una vez hecho este ejercicio, vuelvan a sus quehaceres, pensando en que los van a escuchar de ahí en adelante.
Ilusión pura. Vamos, en esas reuniones hasta al gobernador Héctor Astudillo le ha llovido, en lo que parece ser un inédito proceso de libertad partidista, en el partido más controlado de todos (recuerden la máxima de el que se mueve no sale en la foto). Ellos también saben que nadie puede oponerse a la decisión que tome “el primer priísta”, del país o del estado, porque ese es uno de los privilegios de estos.
De hecho, el PRI ha demostrado que está amaestrado lo suficiente, y que no funciona de otra manera.
Allá por 2002, René Juárez quiso abrir al partido a la democracia interna, pero fue un malhadado invento, que terminó entregándole al PRD grandes boquetes de poder, hasta lograr en 2005 la alternancia política, con el gobierno de Zeferino Torreblanca.
Entonces, los priístas volvieron a la obediencia, a las listas palomeadas, a los recomendados, y nadie cree que eso cambie de la noche a la mañana. Y obvio ni ellos lo quieren, porque el modelo actual les reditúa grandes beneficios. Batallan para llegar al poder, pero cuando lo logran, tienen grandes oportunidades que no tendrían si las reglas cambian.
Por eso, desde ahora podemos decir que en el PRI aplicarán la máxima de “cambiemos para seguir igual”.