SOS COSTA GRANDE

(Misael Tamayo Hernández, in memóriam)

 

Mientras que los partidos políticos sufren sus propios cataclismos, frente a una clase política voraz y convenenciera, los desastres naturales no paran en el país. Increíble que a cinco meses de aquel fatídico septiembre de 2017, cuando nuestro país registró dos terremotos de alta magnitud, primero en Chiapas y luego en Puebla, la nación este frente a otro movimiento telúrico superior a los 7 grados, ahora en Oaxaca.
El sur del país se está movimiento peligrosamente, y los sismólogos y científicos, mucho menos en el gobierno, no alcanzan a explicar por qué razón en los últimos diez años ha estado incrementándose la sismicidad de todo el mundo, pero especialmente en México.
Comparativamente hablando, en 1990 este país tenía unos 60 sismos al año, contando los de mediana magnitud, menores de 5 grados generalmente. El sismo de 1985 era apenas un punto de referencia para afinar los protocolos de protección civil, pero todo como mero trámite. Para 2017, la sismicidad aumentó a 30 mil movimientos en el año, cifra récord y que resulta escalofriante.
En septiembre pasado, algo comenzó a manifestarse, y ya es imposible de ocultar. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué se están moviendo tanto las placas tectónicas? ¿Por qué está temblando donde nunca temblaba?
Es un hecho que no sólo está temblando más en nuestro país, sino que los sismos son cada vez más intensos. Se nos ha dicho que el país está ubicado en el “anillo de fuego”, que abarca los litorales del pacífico, en ambos lados del mundo, y que incluye no sólo diversas fallas tectónicas, sino múltiples y peligrosos volcanes.
Pero, ¿por qué está despertando el anillo de fuego? ¿Cuál es la razón que dan los científicos al respecto? La mala noticia para todos es que no hay explicación alguna; si acaso notitas que poco a poco van dibujando una realidad de catástrofe inminente, como nunca antes.
Para colmo, entrando 2018, lejos de disminuir la sismicidad se ha incrementado en la zona del Anillo de Fuego, algo que ha encendido las alarmas de la ONU y otros países.
Por ejemplo, en enero, un volcán hizo erupción en Filipinas y tembló en Indonesia (6.4 grados) y en Kodiac, Alaska (7.9 grados).
El 6 de febrero un sismo de 6.4 grados en Taiwán dejó 17 muertos y al menos 180 heridos; el 13 de febrero dos temblores de 4.9 y 5.7 sacudieron Guam.
El 16, a las 5:30 de la tarde, un sismo atípico de 7.2 grados sorprendió a los vecinos de la costa de Oaxaca y la Costa Chica de Guerrero, con epicentro en tierra, oscilatorio y de reversa; es decir, que la placa de cocos que subduce en la placa norteamericana, se recorrió hacia atrás.
Ante la escasez de información están fluyendo otras teorías, como la que relaciona la actividad solar con lo que sucede en la tierra. Y aunque muchos prefieren desoír estos argumentos, debemos comenzar a ponerles atención. ¿Por qué el sol no habría de influir en la tierra, si es nuestra estrella central? Todos sabemos que la luna, por ejemplo, influye en la tierra, desde sus fases hasta sus eclipses, mucho más el sol, que hace años está lanzando llamaradas solares y presenta hoyos coronales de donde salen vientos hacia la tierra, que llegan e impactan a alta velocidad sobre el planeta.
Si nos fijamos, previo al sismo del 16 de febrero, el sol tuvo una explosión solar tipo M, con eyección de masa coronal. En septiembre, comparativamente hablando, el sol tuvo una explosión tipo X, la más alta en su escala, y lo que tuvimos fueron 2 sismos letales.
Al registrarse una explosión solar, no significa que forzosamente vaya a temblar, pero sería una de las condicionantes para que un movimiento telúrico ocurra.
Por lo tanto, conectémonos con los sitios que le dan seguimiento a la actividad del sol. Es nuestra obligación y la de los gobiernos, saber cuándo estamos en riesgo de un sismo y emitir la alerta correspondiente, no para asustar, sino para prevenir. Por ejemplo, urge que las familias tengan rutas de evacuación, tengan kits de emergencia y en general estén preparados para cualquier evento. La finalidad de todo esto no es evitar los sismos que, como ya vimos, no son algo que se pueda prevenir, sino evitar en lo posible muertes de persona.
Gobiernos que no estén metidos en la prevención, rayan en la irresponsabilidad. Porque como ya se dijo el año pasado, en 2018 los sismos se incrementarán, en frecuencia, intensidad y duración.