La Inmaculada Percepción

Vianey Esquinca

 

Señor Meade, ¿va a declinar?

 

Debe ser frustrante para el candidato de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, que en cada evento o entrevista le pregunten sobre su eventual declinación a favor de algún candidato: “Muy bien su propuesta de seguridad, pero ¿va a declinar?”; “¿Los empresarios están negociando su declinación?”, “¿El PRI tiene plan B?”, “¿Su café con o sin declinación?”.
El exsecretario de Hacienda ha dicho hasta el cansancio que no lo hará, casi, casi lo ha jurado por la virgencita de Guadalupe, pero cualquier pretexto es bueno para volver a traer el tema de la declinación a la mesa. No es para menos, la mayor parte de las encuestas lo mantienen en el puesto número tres y el discurso de “es el candidato que ha ido creciendo más sostenidamente” o el de “nuestras encuestas internas dicen otra cosa” ya está rebasado.
Seguramente, el PRI lo eligió como su abanderado porque, oh ironía de la política mexicana, no era priista y entonces podía desmarcarse de la mala imagen del tricolor; pero resulta que la apuesta salió mal. La gente no lo disocia del partido y para los priistas de hueso colorado es una especie de candidato espurio.
También pensaron que podía funcionar porque tenía una trayectoria sin escándalos de corrupción, al menos no asociados directamente a su persona, pero esto no fue suficiente porque hay al menos dos candidatos que pueden presumir lo mismo: Andrés Manuel López Obrador y Margarita Zavala.
Y, finalmente, pensaron en su probada experiencia en la administración pública como un gran activo. Sus detractores en cambio han buscado demostrar que se trata de experiencia “de la mala”.
Por todo esto, la semana pasada hubo un cambio de timón en el PRI. Rodó la cabeza de Enrique Ochoa Reza y llegó un priista, de esos cuestionables, de esos que forman parte del viejo PRI, pero también de esos que conocen perfectamente la estructura del partido. Su misión: Sacar al candidato del sótano.
Pero, aunque es muy buen paso, para avanzar en las encuestas no sólo se requiere cambiar la cabeza del partido. Se necesita dar un golpe de timón de trasatlántico.
El candidato debe ser el más priista de los no-priistas. Que vaya por el voto duro del PRI, el golpeado, ese al que la dirigencia de Ochoa Reza despreció. Debe recuperar y engrasar la maquinaria del partido.
También debería despeinarse. José Antonio Meade necesita sacar la garra, parece borreguito asustado en medio del bosque del lobo feroz. En todos los atributos que seguramente vio el PRI en él, hubo una omisión que hoy pesa como nunca: Nunca había sido candidato. Entonces, en sus eventos sigue pareciendo secretario de Estado. Se dice que “en corto” es una amabilísima persona, pero “en largo” sigue sin proyectar.
El problema es que para ser candidato tuvo que haber hecho algo que seguramente nunca estuvo en la estrategia: Distanciarse del Presidente o, al menos, ser lo suficientemente autocrítico de su administración. Le está apostando a la continuidad ¡y la gente quiere un cambio! Lo más atrevido que ha dicho es que no está funcionando la estrategia de seguridad en México (N’hombre, unos genios), pero hasta eso fue después que el propio Enrique Peña Nieto lo reconoció. No es sobre lo que él quiere decir, sino lo que la gente quiere escuchar.

El candidato debería, además, empezar hacer su propia campaña y que ésta no gire en torno a Andrés Manuel López Obrador. Por cada 10 frases que dice, en cinco está el nombre del morenista. La disyuntiva de contraste a la que le está apostando podría restarle votos a AMLO, pero no necesariamente esos votos, al menos no ahora, se están yendo con Meade.